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domingo, 10 de febrero de 2013

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Madrid es una neverita que me congela las manos más que el agua de fregar. ¿Dónde está nuestro cuerpo cuando no estamos? Se pone a latir, se revuelve, como recordándonos que él y solo él es nuestro centro de atención y preocupaciones. Nos recuerda que aplicar el alma a lo imposible, que es todo lo que está más acá de la vida, es cuidar de un animal enfermo que a pesar de todo quiere ser libre. Nos condenamos entre ingestión y expulsión, pero gritamos como bestias satisfechas al digerir la muerte y sus espasmos, por favor sonriamos ante la eternidad aunque no la comprendamos, ¿me entiendes? Por lo menos me acompañas.

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El sueño que tú tejías al dormir, era un sueño hecho de filos negros, que se clavaban en mi frente de latidos calientes, se hundían en mi fuente de oleadas tranquilas. Solo la urgencia del tiempo cotidiano, el reloj que todos observamos extrañados, el gran cerebro frío y metálico que flota en medio de la ciudad, eran capaces de sumergirme en un estado distinto. Ahora invoco a quien no debo, y miro más allá de la espalda recorrida. Ahora, que no sé quién es y quiero perderme en sus oscuridades, ahora es el momento de aflorar a la superficie y respirar, comunicarle al mundo que estamos empapadas y que inundaremos al hastío en el grito, la contradicción definitivamente superada.
El placer de un momento, escribió, es recorrerlo una y otra vez en toda su eternidad, y por eso hablaba del sueño que tú exhalabas en respiraciones graves y pesadas como si, escarbándome en el pecho, pudiera llegar a rozar ese fulgor de pulsión de muerte que brilla al fondo de cada cuerpo bello, y asciende a la superficie y se descuelga de unos pezones que recién amanecen. Y por eso dormía sin palabras, sin animales jadeando siempre donde no llega la luz, sin la anestesiada madeja deshaciéndose en la boca del estómago y el frío cerebro antipersonas tratando de besarme, justo encima de mí, a ras de pánico.
Ni siquiera apartarlo de un manotazo, por eso dormía con las manos encogidas en el vientre, aguantando las locas sugerencias de algún órgano que, cómo no, quería salir a pasear. Imaginación delirante bailándome la noche, la almohada impregnada de olor, una inteligencia casi felina abrazándome las entrañas, destapando tarros empolvados de interioridades, prisas, pensamientos sudorosos, ágil transparencia en la punta de los dedos.

"No te vas a creer lo que he soñado..."