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domingo, 17 de febrero de 2013

Locus amoenis





Lo que se necesita para escribir no es solo una habitación propia
sino también un mundo propio, un cielo bajo el que acontecer.
La respiración necesita entrecortarse para ser sentida, los músculos buscan la contracción aguda para llegar a la distensión más plena, Urano ruge de placer cuando lo contemplamos lúcidos y temblorosos. Se necesitaría
un mundo salvaje ahí afuera, viviendo más de casualidades que de sinsentidos, sería urgente un gran vómito
-sin esclavos recogiendo los pedazos- que empequeñeciera hasta su desaparición la náusea de lo absurdo.
Afuera un murmullo de libélulas cayendo, vergel rodeado de un manto de estrellas, también de frío y oscuridades, pero quizá adentro la leña crepitando y una piel envolviendo los latidos de una fiera dormida.


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