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martes, 18 de diciembre de 2012

La intención del deseo









Penetración desesparada al alba,
tu clítoris golpea mi lengua
porque diriges este juego,
aquí y ahora cuando gobiernan
mis deseos sumisos y ciegos.
Quiero absolutamente todo,
y al escribir se va se va
se va de las manos,
el cuerpo está limitado
por todos sus músculos potentes,
la flexibilidad de los placeres
alcanza lo que alcanzan
los tejidos y las mentes.
Por eso ahora querría
que no pensárais en nada más
que en la vulgaridad de la imaginación
cuando el sexo ha terminado,
que donde antes veía un símbolo
de la belleza que hay tras la muerte,
y buscaba morir, y morir un poco más
e ir más allá de tanta aniquilación
para conquistar lo único
que se pierde antes de tener un nombre,
ahora ve, en su espantosa naturalidad,
el mecanismo simple de lo erótico
ahora siente, en la resolución de su éxtasis,
la densidad insoportable que distingue
su espacio del de su amante,
ni tan siquiera eso;
el poder mental de la sangre
que deslogifica el torrente descriptivo de la vida cotidiana
y abre un nuevo ámbito para las creaciones.
Así creamos, en el cuerpo bello
(que por amor a la Belleza nos conviene amar) *
todas las significaciones que nos preparan y convierten
el latido en un compás intacto de eternidad.
Que, aunque pasen mil noches semejantes,
cada deseo se renueva en su intención
de seguir siendo inevitable y desbordante.




*El Banquete, Platón

El nacimiento de la transparencia







Tan pasiva y tan terca
la literatura se despunta en esquinas oscuras.
La ruina metafísica,
el cosquilleo de las pupilas
al subir hasta el horizonte, hacia
el alcance sublime de las hordas de indios a caballo,
que fabulosamente se dibujan
en las montañas de postales de La Alhambra.
La ropa aún no se ha secado,
el lenguaje hoy es el sexo,
y las palabras son labios descubiertos.
El espejo tras la papelera,
vida radical desechada,
performaciones del cuerpo mundanas

cuchillas relojes cámaras perfumes

permutaciones del alma
con carácter de cometa
efímero,

costillas rituales aortas pliegues.


Busca una entrega distinta,
le irrita tanto su permanencia.
Se ríe, y tiemblan las camas de hoteles
donde a los amantes les sobreviene
el orgasmo como un regalo inesperado.
Siempre es igual, y siempre hay una diosa
repleta y sobresaciada
que envía su excedente de placer
en dosis adecuadas
a las sensibilidades particulares.

Encuentra días que ya languidecen,
y siente nostalgia del futuro inmediato.
Este segundo: ya es una noche de promesas
que no volverá a vivirse,
ya es un cerrarse del universo,
un replegarse sobre el sentido todo
que ofrecen últimas miradas
conscientes desde el mentón de los cíclopes;
se saborean y se apartan
para soportar sin tantearlo
el material espacio que les separa,
el futuro escurridizo que les acecha,
el instante muerto que reina
sobre una palpitante genital tristeza,
yo me negué a quedarme dormida
para empaparme de su desaparición;
para ser, insoportablemente feliz,
satisfecha,
al contemplar una certeza cumplirse
antes siquiera de ser manifiesta,
tu consistencia onírica en el momento
en que la realidad entró violentamente
y destruyó al dios de la apariencia
dejando en su lugar
fusión con lo infinito,
pérdida del concepto,
mito y patria
en tu pecho.




A. Pizarnik



Hija del viento

Han venido.
Invaden la sangre.
Huelen a plumas,
a carencias,
a llanto.
Pero tú alimentas al miedo
y a la soledad
como a dos animales pequeños
perdidos en el desierto.

Han venido
a incendiar la edad del sueño.
Un adiós es tu vida.
Pero tú te abrazas
como la serpiente loca de movimiento
que sólo se halla a sí misma
porque no hay nadie.

Tú lloras debajo del llanto,
tú abres el cofre de tus deseos
y eres más rica que la noche.

Pero hace tanta soledad
que las palabras se suicidan.




Alejandra Pizarnik