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martes, 11 de diciembre de 2012

La noche

Los mostradores del cinc pasan por las cloacas,
la lluvia vuelve a ascender hasta la luna;
en la avenida una ventana nos revela una mujer desnuda.

En los odres de las sábanas hinchadas en los que respira la noche entera
el poeta siente que sus cabellos crecen y se multiplican.
El rostro obtuso de los techos contempla los cuerpos extendidos.
Entre el suelo y los pavimentos la vida es una pitanza profunda.
Poeta, lo que te preocupa nada tiene que ver con la luna;
la lluvia es fresca, el vientre está bien.
Mira como se llenan los vasos en los mostradores de la tierra
la vida está vacía, la cabeza está lejos.
En alguna parte un poeta piensa.
No tenemos necesidad de la luna,
la cabeza es grande, el mundo está atestado.
En cada aposento el mundo tiembla,
la vida engendra algo que asciende hacia los techos.
Un mazo de cartas flota en el aire alrededor de los vasos;
humo de vinos, humo de vasos y de las pipas de la tarde.
En el ángulo oblicuo de los techos de todos los aposentos que tiemblan
se acumulan los humos marinos de los sueños mal construidos.
Porque aquí se cuestiona la Vida y el vientre del pensamiento;
las botellas chocan los cráneos de la asamblea aérea.
El Verbo brota del sueño como una flor
o como un vaso lleno de formas y de humos.
El vaso y el vientre chocan:
la vida es clara en los cráneos vitrificados.
El areópago ardiente de los poetas se congrega alrededor del tapete verde,
el vacío gira.
La vida pasa por el pensamiento del poeta melenudo.

 A. Artaud