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lunes, 28 de mayo de 2012

Habitación roja de Madrid






Andaba retrocediendo en busca del sentido,
la tarde maduraba a la sombra y vi morir al último pájaro,
los versos atascándose, enrojeciendo la garganta con preguntas,

la música pactando con la esperanza y el olvido,
ese viaje que, de realizarse, dejaría de ser lo más preciado,
las manos rápidas y fuertes que un día tocaban sin dudas.

Un destello, en cualquier piso altísimo del sureste de Madrid,
dos cuerpos que crean vacío por última vez antes de irse,
un perro que olisquea las sábanas y busca la causa del jaleo,

una carcajada fresca, que vuelve si me pongo seria para ti,
una posibilidad en el aire, lo irrepetible, no quieres estar triste,
cada vez que voy al baño a por agua se refleja el final en el espejo.

Pero es igual, porque en esta extraordinaria habitación roja
ha pasado media Historia, se han librado batallas con armas suaves,
todo lo vivido se reducía a un montón común de ropa,
allí dentro nunca era la misma y siempre cambiaba de planes.

Un poco más de piel, y el límite no lo marcaba ni el Sol,
un poco menos de prisa, y las nubes corrían en nuestra contra.
Allí dentro nunca pude escribir, ni acurrucarme en un rincón,
sólo beber, fumar y encontrar, en un sollozo, la vida absurda y corta.