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miércoles, 25 de abril de 2012

Tímida teoría poética


Los textos no son alegres ni tristes, aunque sí pueda serlo el cuerpo que los escribe. El texto, es irrelevante si se encuentra en verso o en prosa o desmembrado por las paredes, es una unidad creada y creativa, expuesto a mil modificaciones pero siempre el mismo: siempre un momento capturado y a la vez irremediablemente perdido. Unas sílabas de supuesta plenitud como:

"Esta mañana tus dedos me han desnudado y
creía que ya estaba desnuda".

O un texto aparentemente frágil:

"El recuerdo muerde las esquinas de mis días
y me enfrento a la esfera inestable
con varillas de rectitud fingida".

Y estos dos textos son igual de alegres o tristes, igual de melancólicos o esperanzadores, sólo dependen de quién y cuándo los lea (de si está desnuda o vestida, de si construye muros o los derriba, de si va ciega o se obsesiona en un día con lluvia, de si sonríe sola o se rodea de sonrisas mudas).

Todo depende de si el que lee vive ahora o vivió hace mucho tiempo.

Por eso creo que no se debe trasladar a un texto el temblor del que lo escribe, ni rozar con palabras calientes el corazon del que se asoma a curiosear. Me parece una insolencia y además, somos todos tan curiosos...

La poesía está para abrigarte a la vez que te deja descalza.