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martes, 27 de marzo de 2012

Historia de cualquiera (s) II

Amaya recorría la ciudad acelerando sin detenerse en aquellas calles malsanas y deliciosas que, a modo de reliquias fósiles, vertebraban la capital en un plano de sueños rotos y nacientes. Buscando sin descanso, no creyó poder encontrar esa estela fugitiva que perseguía por la ciudad. No imaginó poder hallarla en ningún ámbito privado: ni el cuarto de un hotel, ni una buhardilla alquilada, ni como huésped de ningún solidario anfitrión. No, más bien ella podía aparecer en cualquier lugar: fumando sola y pensativa frente al río del Sur, manejando hilos y pinceles en el camino del céntrico parque, bebiendo cerveza en una plaza abarrotada (más sola que la Luna, a pesar de estar rodeada de estrellas), o perfectamente envuelta en el análisis de ese tipo de situaciones en las que, pese a todo razonamiento previo, serán una intuición atenta y una voluntad inteligente las que darán con la solución, sino correcta, preferible.

Amaya perseguía algo libre, y deteniéndose en esos lugares en los que una puede realmente olvidarse de quién es, recordaba un olor dulce y envenenado. No quería pensar en la connotación de las palabras, sólo describirlo. En algún punto agrio, ese olor estaba lleno de vida.
La vida que precede a la muerte cuando todo está vencido. Cuando el veneno: puro éxtasis: se afloja y pesa la poesía, las palabras quieren ser terrenales.
El boli se afloja, se pierde el hilo. Sin veneno no te escribo ni te olvido.

Olvidar es, en vida, extinguir, matar, un fueguito en la ciudad. Una luz encendida en calles con secretos, en la suerte de sus gestos, en lugares donde puedes dejar de ser tú, fumando sola y distraída, manejando hilos de colores.
Amaya al fin encuentra su recuerdo. Aquel banco en el parque céntrico era el lugar donde empezó el teatro del olvido, el banco donde "se me perdió cuando dijo que no". Ver aquel sitio era volver al principio. Lo apretó bien fuerte, lo besó y lo dejó volar, esperó a que volviera, lo amarró, hubo jaleos, lluvias y varias lunas solitarias, hubo futuro tejido en hilos de colores de artesanías imposibles y expectativas enrrolladas en una madeja.

Amaya se cansó y decidió, tras escuchas sus interesantes teorías acerca de la Historia desde el punto de vista occidental, abandonar aquel recuerdo único y brillante al punto de parecer un ser irreal.
Se fue a una plaza abarrotada a confundirse con los ojos y la música de los demás, bebió cerveza fumando pensativa, eso sí, sin buscar la solución preferible.
En algún momento de la noche levantó la cabeza, en parte extasiada por el ácido en parte curiosa por la Luna, y vio la cara de la fugitiva de la ciudad, vio a su recuerdo, soñoliento y sonrojado, entrecerrar las cortinas de un piso bajo del hotel de la plaza.

-La fugitiva de atenta intuición, representándose a sí misma en un motel; la de la mala memoria (esa que funciona demasiado bien), tejiendo hilos plateados con las manos de cristal-.


¿Quién va a comer M de un coño esta noche?

Matar en vida

Ya hasta en la evasión y el derrame se cuela la rutina,
una bruma en la cabeza que presiona a la altura de las sienes,
unos días postergados, que localizan en el futuro la vida,
una colección de frases que susurran en todo lo que pienses.

Metáforas recurrentes, desplegadas sobre la piel mía olvidada,
redescubierta a veces en noches de fría calma y sonrisa tiritando,
el olvido es este lento revisable precio tributario, condenada
a lamer con inteligencia los labios nuevos del mundo, temblando.

El valor de pronunciar tan sólo dos palabras tan fáciles como extrañas,
que contienen tantas imágenes, que querías relatar, que son escalofrío,
la cruel certeza de saber que la diferencia, deseable, es el fin de una historia deseada,
el momento ávido y vulgar, entre tus sueños, de expresar todo este hastío,

de lanzar en vuelo taquicárdico toda esperanza, toda intención,
¿qué esperas? -no espero nada vivo, penetrante ni pleno,
estrello en tus ojos estas palabras, afectadas por la excitación,
no es fácil tenerte cerca, ni lejos, no es fácil empezar de cero.


Es difícil matar en vida, y eso es eliminar un recuerdo.