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jueves, 1 de marzo de 2012

Historia de cualquiera (s)



Julia se levanta y observa su alrededor con la extrañeza de quien amanece en un lugar ajeno, aunque se trata de su propia habitación; su piel, sus sábanas, su olor...y otro olor más ácido.
Girando el cuerpo contempla su origen. No la ve muy bien, porque recién levantada nunca define con nitidez los contornos. Tampoco los necesita, cuando se trata de curvas que tienden, por lo general, al infinito. Julia se incorpora y mira a Laurita con curiosidad: su cuerpo descansando le parece surrealista. Su respiración suave, sus manos entrecerradas, todo lo erótico de su ser trasladado al aspecto inocente de su sueño inalterable.
La recién despertada Julia sale de la cama y abre la ventana sólo para entretenerse viendo cómo responde al amanecer el cuerpo exhausto de Laurita. Como es una chica bastanta sensible e inquieta, enseguida recibe al alba sin preguntas: su piel se eriza, se da la vuelta, y sus pezones apuntan directamente al techo de la habitación, entrecruza las piernas en un absurdo pero tierno gesto de pudor e intenta abrir sus pequeños ojos negros inevitablemente pegados por las sábanas pesadas que son sus párpados.

Laurita se levanta sola en esa habitación y se tranquiliza, aunque no se alegra. Necesita pensar en por qué está sola en el cuarto, por qué le tranquiliza estarlo, y por qué le infunde cierta tristeza que le impide moverse de la cama. Alarga la mano hacia la mesita de Julia, acerca mechero, tabaco, papel y piedra, y empieza este día de Agosto como el resto de sus días desde hace casi un año: a golpe de veneno y preguntándose por qué hace lo mismo siempre si no se siente bien nunca.

Fuera del ardor sofocante y ácido del cuarto, que ha adquirido el excesivo olor de la complejidad, Julia ya ha llegado hasta la playa y hasta su lugar favorito. Junto al alquiler de tumbonas y hamacas donde siempre puedes encontrarte algún o algunos desfasados que se comen las primeras rayitas del Sol, como ellos dicen entre risas, tras haber devorado la noche, o un par de cuerpos de dos amantes semidesnudos que duermen echando su peso el uno encima del otro hasta que el alquilador venga a echarles.
Julia no sabe si "Laurita ojos pequeños" habrá despertado, si estará desayunando, yendo a casa de Marcos o haciéndose un dedo un poco cabreada y en su cama, lo que sí sabe es que habrá amanecido igual que ella. Desconcertada, puede que algo excitada, esperanzada y después lúcida y, por último y como siempre, narcotizada y dispuesta a aplazar la eterna afirmación manoseada por el tiempo y también en un sentido literal: "Lo de anoche fue diferente".