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domingo, 26 de febrero de 2012

El quién. Falta

El momento es irrelevante. El antes y el después sólo son categorías que se establecen desde el ahora.

El tiempo que transcurra es, más o menos, irrelevante. Es necesario saltar, sí, pero sólo cuando ya no quede más oxígeno en las cabinas desde las que pilotamos aeronaves desenfrenadas, con unos cuantos golpes, abolladas y reparadas a golpe de martillo y capas de pintura; aeronaves en cuya piel de metal se pueden leer las marcas de travesías intempestivas a través de auténticos huracanes celestes. El poder del cielo de un pequeño mundo en forma de desconchón. Las capas de pintura que despiden olor a humo, a besos, a alcohol, a otros sexos y a sal marina.

El cómo no es más que esa circunstancia que siempre queremos, absurdamente, controlar. Y si se nos escapa es porque el futuro expresa su libertad burlona introduciendo en nuestras cabecitas esa mierda de proyecciones a las que llamamos expectativas. El ser humano, el único animal que es capaz de pensar a largo plazo y de matarse por dentro a corto plazo. ¡Un aplauso! El cómo es irrelevante y el desarrollo de la historia suda incertidumbre por cada uno de sus poros.

Al por qué sólo llegaremos en el momento que hayamos de contemplarnos, en silencio, frente a frente o desde detrás de alguna espalda, besando con miedo un hombro que se encoje y una piel que se eriza, como diciendo: "y qué importa que no sepamos hacerlo".

Lo que si tengo muy claro es el qué, y por eso, no diré ni una palabra. Las palabras sólo pueden darle a los posibles esa consistencia insegura de los sueños, esa fina línea de coherencia construida bajo el supuesto de un estado perfecto, pero irreal.

Y todo el tiempo que pase entre mi certeza y mi momento, no es más que todo el tiempo que tardaré en contarte lo que he estado haciendo, mientras me miras y preparas en tu mente la manera de narrar tu historia sin caer en el aburrimiento.