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viernes, 28 de diciembre de 2012

Jazz, jazz, jazz




P entró en el pub y no pudo evitar que su mirada se dirigiera inmediatamente hacia la chica sentada al fondo, con la cerveza apoyada en el piano y los dedos marcando el ritmo en su preciosa tapa lustrada. Quien dice chica diría mujer, pues sus ojos revelaban mucho más que las calles de la ciudad que había ignorado para ir a sentarse a ese recóndito bar. Ella tenía que ser M, y eso es lo más importante que sabría nunca acerca suyo. El piano iba regalando su melodía ascendente y transportaba a todos, sin excepción, a latitudes más altas que las de la simple ebriedad. Sus ojos se humedecían, sus piernas se enredaban, los vasos se vaciaban y en ese momento solo había un alma completamente solitaria; era M sentada al piano. Pero P había recorrido toda la ciudad durante días y noches enteros, buscando algo que no sabía cómo denominar (lo cual resultaba paradójico), buscando un estado que el lenguaje no puede proporcionar. Lo buscó entre todo lo que otras personas habían dicho antes, lo buscó entre aviones y aeropuertos, entre sus cuadernos y anotaciones, entre el cariño hueco y desgajado que se desliza en los portales a las cinco de la mañana.
Tenía tantas preguntas que hacerle, que no sabía por donde empezar y, de hecho, no pudo formular ninguna en cuanto empezaron a hablar, porque las respuestas se sucedían solas sin necesidad de encerrarse en la cajita de un concepto. Jazz, jazz, jazz...P recordaba haber leído eso en alguna parte, y haber pensado que, aunque no lo entendía muy bien, era algo importante, primordial. Primordial es la mejor palabra porque esa sustancia extraña de la que están hechos los sentimientos era la única que podía ponernos en común, sentarnos alrededor de un "oscuro fuego central olvidado", reunirse con M junto al piano y tomar el brebaje que purificaría su espíritu y alejaría a los tejedores de historias dolorosas. A los chacales nocturnos que lanzan dentelladas a la Luna y ríen mientras ven cómo nuestro espíritu se desgarra por alcanzar las estrellas y encontrar en ellas la misma melodía que salva a los terrestres. Jazz, jazz, jazz, no sabía lo que era, pero es seguro que se parecía a lo que desprendían los gestos que hacía M con la boca, la sonrisa inclinada de aquella que, aunque no lo sabe todo, sabe lo más importante: el instante es un punzón imperceptible que se clava directamente en el núcleo de nuestras pérdidas y nos da la oportunidad de volver a respirar. Sí, pese a que M estaba a punto de dejarla sin respiración, P estaba aprendiendo a respirar de nuevo junto a ella. La conversación era irrelevante, el tema era el mismo de siempre, y lo único real eran los brazos invisibles que P tendía en torno a ella, intentando apresar su esencia sin trastocarla, tratando de entender el milagro de su voz redentora,...M decía palabras que nunca había oído, hablaba en un lenguaje nuevo que en parte solucionaba muchos problemas de su teoría (mala teoría por no ser llevada a la práctica), y absolutamente completaba sus imperfecciones más obsesivas, aquellas que provenían de un estúpido afán de perfección. Jazz, jazz, jazz, a la mañana siguiente, con la boca empapada en versos y alcohol, P no podía pensar en nada más. Había amanecido sola, se había asomado debajo de la cama pensando que quizá estaban jugando, jugando a no volver a verse las caras, pero no, M se había ido y todo lo que quedaba de ella, si es que era suyo, era un poema sobre la mesilla de noche. Un poema indescriptible, no podré reproducirlo debido a la antigüedad de esta historia, a sus múltiples versiones, un poema en el que sus elementos constitutivos se mezclaron, esta vez, en la proporción perfecta, y se separaron para volver a encontrarse, excepcionalmente, quizá al fondo de un bar de ensueño.






Poema = Palabra + Música

1 comentario:

  1. Siempre pensé que la poesía era un poco música. Los versos, la rima, el ritmo de las sílabas, el engranaje que forman las palabras...
    Pero nunca, hasta ahora, había pensado que esa música pudiera ser jazz.
    jazz + poesía = magia.

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