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lunes, 24 de diciembre de 2012

Inconclusiones IV









-¿Y cómo fue?

-Yo me senté delante de ti, charlábamos y solo nos deteníamos para beber, o solo bebíamos cuando se hacía el silencio. Llevabas ese jersey de lana tan abrazable y discutíamos de política pero era absurdo porque solo teníamos que mordernos. Exactamente, vinimos a eso, acabamos en esto. De repente me di cuenta de que todo era normal, algo fallaba. Era la dosis de normalidad que convierte en irreales las experiencias oníricas, todo encaja, ni un solo fallo de la maquinaria del mundo rescata mi atención. Te miro, sonrío y me entristezco, porque sé a ciencia cierta que las mentiras no existen, pero que hay algo muy parecido a ellas; los sueños, que tienen la consistencia de una belleza hecha jirones. Y pensando en los jirones sigo las puntadas de tu jersey, me detengo en tu boca, en tu forma de mirarme, en tu rodilla que se abre y se cierra acogiendo mis piernas. Ninguna de las personas que hay alrededor se entera de lo que está ocurriendo, y continúan la noche como si tuvieran todo el tiempo del mundo. Y la noche está a punto de acabarse, y tú ya te has convertido en una colección de versos rotos que verán la luz cuando se apaguen tus gestos. Lo último que recuerdo fue, al amanecer, lanzarnos desde la terraza del hotel y aterrizar, en un salto mortal, en una estación de tren.

-Esa historia que cuentas, ¿es un poco increíble no?

-Puede ser pero la ficción, nos salva de la realidad.


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