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viernes, 21 de diciembre de 2012

ex-preso de noche y media


 




 
Bienvenida a mi mundo. Verás algunos monstruos por los pasillos, procura no asustarlos, se enamoran al primer suspiro.

Te dije.

Dime dónde has estado. Cuéntame en pétalos tu alegría.

Hazme reir.

Tengo cerveza, siéntate o quítate la ropa. Pero ponte cómoda.

No voy a dejar que te marches.

Hace demasiado frío como para dormir con ropa,

y esto es ya una guerra contra los pijamas.

Ok. Me dijiste como quien acepta un reto.

Sonriendo.

Mirándome la bragueta.

Así que nos hicimos de cosquillas

y de adioses, como si tuviéramos en propiedad la noche

y la poesía.

O alquilada mejor, porque nunca nos gustó ser dueños de nada.

Mucho menos de nadie.

Te pusiste a bailar desnuda para dejarme con la boca abierta. Y mucha sed.

Que era como me querías.

Y te acercaste como si fueras música.

Sobre mí.

Para que te tocara.

Como un dedo deslizándose con timidez e increcendo

por las teclas de una piano

de cola

o como un refugio de notas heridas en la cuerda floja

donde estábamos los dos.

Asfixiados y excitantes,

como el sudor y la rebeldía.

Nos reconocimos al recordarnos, o tal vez al revés,

nos emborrachamos y dejamos que la piel hablara su propio idioma

y nos contamos tantas cosas

y nos hicimos tantas otras que por la mañana

la humedad en el colchón era un mapa

con la palabra AHORA

como única ley de nuestro nuevo mundo.

Sudabas.

Y estabas preciosa.

Así que te lo volví a comer
a modo de desayuno.

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