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sábado, 15 de diciembre de 2012

A Diótima




 

Hiere el alba igual que siempre

las nocturnas risas heladas

y un poema se desliza

y una historia se acaba.

El mundo ya no puede ser contado

como antes cuando todo

acontecía sin ser retransmitido,

y los encuentros palpitaban

y mientras una conducía

la otra liaba un cigarrillo.

A veces conseguimos traer

la magia a nuestras costumbres,

y una noche, tan alterada y húmeda

pude clavar la vista en la eternidad,

y una mañana sin motivo

el alma solo quiere caminar.

Quiero tanto vuestras derrotas,

nutritivas baladas de abandono.

Quiero empaparme de luchas

perdidas conservan aún

el aroma intacto de la rabia,

rabia limpia y desbordada

que azota el ruido insoportable

de una mentira interiorizada.

Quiero mil noches a tu lado,

apartados de la fiesta-excusa,

conversando acerca del ácido

que desprenden nuestras metáforas,

desplegando un manto de silencios,

de tragos

de desgarros

aunando tantos fracasos para crear

la belleza de la semejanza.

La crueldad de la diferencia.

Un minuto sordo y las luces de navidad,

un recorrido entero y la vida vuelve a ser

lo mismo de siempre,

lo único de ahora;

verse a una misma como una mermelada

que lentamente cae por la corteza del árbol

que observa a las frutas en silencio,

recordatorio de su totalidad perdida,

que siente un placer infinito

en su textura escurridiza

y los cosquilleos de la madera astillada,

y siente también un dolor punzante

cuando la lluvia altera el transcurso

de su vida sinuosa,

siente también un vacío y busca

la dulzura de su creación

y las manos de su creadora.

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