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lunes, 20 de agosto de 2012

Las cuatro de la tarde



Podría pasar noches y noches sin escribir
para que la ciudad nos envolviera y moldeara
y nos hiciera personas prudentes
que saben esperar al último minuto.
Podríamos discutir e ignorarnos las manos
atravesar el deseo como quien atravesara
antiguos y vertiginosos puentes
que conectan nuestros cuerpos desnudos.
Podríamos jugar al juego de siempre,
tú me enseñas, yo te sorprendo de nuevo
y vuelve a repetirse el teatro mágico
en el que me miras como si acabara de nacer.
Podríamos guardarnos las sonrisas anchas,
las miradas que responden a tantos poemas
y empiezan a tocar el viejo ritmo
de tus dedos
apresando mis caderas,
de tus piernas
ya conoces mi flaqueza,
de tu expresión
lloviéndome entera.

Podría haber acabado este juego,
hace mucho tiempo, casi un día,
pero han pasado las cuatro de la tarde
y sigo aquí en la misma latitud,
variándola mínimamente
y tan solo
para volver a saborearte.

 









La voluntad de verdad es tan sólo una búsqueda más de un sentido contra el dolor, contra lo inevitable e inherente a la vida; la racionalidad sólo intenta curar un alma herida por el absurdo de todo lo existente.


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