Lookin' for!

jueves, 23 de agosto de 2012

Madrid





Primeros pasos en la madrugada húmeda
de las calles de esta ciudad cerebral y metálica,
ya nos encargamos de envolverla en piel y voces,
ya nos apresuramos a amarla y la hacemos estática
como todo lo que alguna vez se trata de inmortalizar
escribimos eternidades y las antenas telefónicas
se encargan de que cerremos los ojos y apretemos
los puños
las bocas
la pelvis
espasmos en un portal en la hora de color violeta.

¿Vas a hacerlo de una vez? Tira ese cigarro
y tira detrás de él
otros dolores
otros vicios
otras taquicardias
otros labios.

Recuerdo aún unos labios que se parecían a Madrid
que se introducían torpemente y con algo de prisa,
que se asemejaban al tráfico desencajado en la hora punta
y me rodeaban frenéticamente
como en el ocio más destructivo.

Y también puedo recordar otros,
que eran tan perfectos y acompasados a lo que vivía
que no tardé más de un invierno en olvidarlos.

¿Cuál es el secreto de la asimetría que desprende esta ciudad?
Sueño con que despierto, y me besas las heridas
porque no las conoces,
porque la belleza es una excusa
porque no te escondes,
porque otra ciudad de vidas cruzadas
atraviesa tu nombre.

miércoles, 22 de agosto de 2012

Y no reían menos




"Me encontré arrebatado, en un mundo agitado y ruidoso. Por las calles corrían los automóviles a toda velocidad y se dedicaban a la caza de los peatones, los atropellaban haciéndolos papilla, los aplastaban horrorosamente contra las paredes de las casas. Al instante comprendí: era la lucha entre los hombres y las máquinas, preparada, esperada y temida desde hace mucho tiempo, la que por fin había estallado. Por todas partes yacían muertos y mutilados, por todas partes también automóviles apedreados, retorcidos, medio quemados; sobre la espantosa confusión volaban aeroplanos, y también a éstos se les tiraba desde muchos tejados y ventanas con fusiles y con ametralladoras. En todas las paredes anuncios fieros y magníficamente llamativos invitaban a toda la nación, en letras gigantescas que ardían como antorchas, a ponerse al fin al lado de los hombres contra las máquinas, a asesinar por fin a los ricos opulentos, bien vestidos y perfumados, que con ayuda de las máquinas sacaban el jugo a los demás y hacer polvo a la vez sus grandes automóviles, que no paraban de toser, de quejarse con mala intención y de hacer un ruido infernal, a incendiar por último las fábricas y barrer y despoblar un poco la tierra profanada, para que pudiera volver a salir la hierba y surgir otra vez del polvoriento mundo de cemento algo así como bosques, praderas, pastos, arroyos y marismas. Otros anuncios, en cambio, maravillosamente pintados y estilizados magníficamente, en colores más finos y menos infantiles, redactados en una forma muy inteligente y espiritual, prevenían con afán a todos los propietarios y a todos los circunspectos contra el caos amenazador de la anarquía, cantaban con verdadera emoción la bendición de orden, del trabajo, de la propiedad, de la cultura, del derecho, y ensalzaban las máquinas como la más alta y última conquista del hombre, con cuya ayuda habríamos de convertirnos en dioses. Absorto y admirado leí nos anuncios, los rojos y verdes; de una forma extraña me impresionó su inflamada oratoria, su lógica aplastante; tenían razón y, profundamente convencido, me quedé parado ya ante uno, ya ante el otro, y, sin embargo, un tanto inquiero por el tiroteo bastante vivo. El caso es que lo esencial estaba claro: había guerra, una guerra violenta, racia y altamente simpática, en donde no se trataba de emperadores, repúblicas, fronteras, ni de banderas y colores y otras cosas por el estilo, más bien decorativas y teatrales, de fruslerías en el fondo, sino en donde todo aquel a quien le faltaba aire para respirar y a quien ya no le sabía bien la vida, daba persuasiva expresión a su malestar y trataba de preparar la destrucción general del mundo civilizado de hojalata. Vi cómo a todos les salía risueño a los ojos, claro y sincero, el afán de destrucción y de exterminio, y dentro de mí mismo florecían estas salvajes flores rojas, grandes y lozanas, y no reían menos. Con alegría me incorporé a la lucha."



El lobo estepario, Hermann Hesse

lunes, 20 de agosto de 2012

Las cuatro de la tarde



Podría pasar noches y noches sin escribir
para que la ciudad nos envolviera y moldeara
y nos hiciera personas prudentes
que saben esperar al último minuto.
Podríamos discutir e ignorarnos las manos
atravesar el deseo como quien atravesara
antiguos y vertiginosos puentes
que conectan nuestros cuerpos desnudos.
Podríamos jugar al juego de siempre,
tú me enseñas, yo te sorprendo de nuevo
y vuelve a repetirse el teatro mágico
en el que me miras como si acabara de nacer.
Podríamos guardarnos las sonrisas anchas,
las miradas que responden a tantos poemas
y empiezan a tocar el viejo ritmo
de tus dedos
apresando mis caderas,
de tus piernas
ya conoces mi flaqueza,
de tu expresión
lloviéndome entera.

Podría haber acabado este juego,
hace mucho tiempo, casi un día,
pero han pasado las cuatro de la tarde
y sigo aquí en la misma latitud,
variándola mínimamente
y tan solo
para volver a saborearte.

 









La voluntad de verdad es tan sólo una búsqueda más de un sentido contra el dolor, contra lo inevitable e inherente a la vida; la racionalidad sólo intenta curar un alma herida por el absurdo de todo lo existente.


Protección






Hay un espectro de cambio en el aire, ya no huele siempre a dulzor envenenado de nostalgia.
Es un sentimiento nuevo, melancolía orientada hacia el futuro, manchas de tinta derramándose sobre una piel que arde en deseos de conocerse.
Os miro a los ojos y me miro a un espejo, sabiendo que estamos saboreando el mismo principio y que se dibujan en nuestros labios idénticas sílabas, y se unen, y el aliento recorre el camino hasta mis piernas y trato de buscar el mismo ritmo en un encuentro cualquiera.
Puede también ser este olor tan fuerte y resistente que me perfuma las muñecas, sacude mi energía y me transporta a días de evasión.
Me gustaba huir, oír las críticas y reírme de ellas, porque sé que habéis galopado también a lomos de una incertidumbre helada, habéis agotado el cuerpo y el corazón con carreras y disparos hacia el centro de control, hacia el engranaje mecánico que sustenta cada acción y trata de justificar toda teoría inservible.

Toda incertidumbre se dirige a una certeza, hacia un conocimiento tan obvio
que se rodea de misterio para protegerse.

jueves, 16 de agosto de 2012

Revelación



Sentada,
las puntas de los pies en cuña, apuntando a un objetivo lejano pero común, que dota de un aire de determinación al cuerpo. Las piernas formando un ángulo casi recto, la tensión concentrada en los gemelos, y las rodillas aguantando suavemente el peso de los codos. La línea que recorre los brazos y dibuja contornos de luz en la piel morena, las manos pensativas y los dedos entrelazándose unos con otros.
La mirada al frente, a la chica que alguna vez estuvo allí, sentada en esa misma habitación y diciéndolo sin palabras: "La vida siempre está en otra parte".

¿Qué coño importa eso? Es solo una frase que colma un vacío que no es nada literario, pero sí literal.
La vida siempre está en otra parte, pero ahora estamos aquí, la botella se vació del todo y la piel palpita al ritmo de un acto que recuerda, una voz que lo acompaña y un olor que se diluye con la suficiente cantidad de alcohol.

¿Qué significan un nombre, una ciudad, una pregunta que nunca se formula?
A ti te gustará que me siente así, que te observe como si acabaras de llegar al mundo -a mi mundo-, que sonría y tuerza la cabeza preguntándome si será posible concentrar tantas respuestas
en una caricia.


Tienes aspecto de devoradora de instantes.

17/10/2011




Tú eras esquema y contenido.
Ahora, mi esquematizada y rígida búsqueda de la felicidad ha vaciado de contenido todos tus versos.
El esquema, mi vida, es tu negación, y funciona solo si nunca más vuelves a ser tanto como antes.
Renunciar a esta promesa de futuro no es fácil después de haber comprobado que lo infeliz era quedarse atrás.

domingo, 12 de agosto de 2012







Las nubes anaranjadas
arañan los vértices de un lienzo en blanco,
la cadencia crepuscular
se derrama por tus hombros de sal.

Aquí estamos,
abriendo las manos tras un largo letargo,
así vienes,
retorciéndote como el aire
entre las rocas y el mar.

Este atardecer terminará
cuando inventen el nombre del color
que no necesita recuerdos
para ser descrito

AHORA

tiñe tu voz, de madera y escarcha

DESPUÉS

temblará en mi boca;
se calmará en tu nido.

Flechas rítmicas disparas
a mi cerebro y a mis piernas
y yo hablo

MIENTRAS

de este día que ya declina,
mientras,
las horas nos esquivan.

sábado, 11 de agosto de 2012

Prefiero





Prefiero un hotel, comercio
que esta vida de invitada
en tu cuarto y en tus sueños.

Prefiero ser quien se pasea
por tu cuerpo sin detenerse
en los minutos de piel
y tiempo
que te recorren y vertebran.

Prefiero la suave caricia
de madrugada, desconocida
que la inestable cercanía helada
con que duermes, abatida.

Y así prefiero formar parte
de locuras más evasivas,
historias más típicas,
que hallarme
entre restos innombrables,
espirales infinitas,
deseos
que limitan.