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martes, 22 de mayo de 2012

En la sonrisa malherida de los días...



En la sonrisa malherida de los días de ese año
que nunca supiste terminar de explicarte,
en ella podías ver que las calles eran puestas por nadie,
lo cotidiano era alimentado por todos,
el gesto contrario no era el llanto sino otro paso,

lo contrario de quererle no era la soledad ni un instante
el dinero que volaba no era tampoco muestra de nada,
las piernas heladas en un portal de Malasaña no significaban
más que las ganas estériles y forzadas de volver a amarte,

para volver a ser la misma de antes ahora había que pensar;
pensar en cómo dejar de hacerlo para no escarbar en las palabras
que una y ninguna otra voz había taladrado en lugar de curar,
y en lugar de abrir distancias su pelo decidió mancharte el alba,

esa mañana en que amanecías junto a su olor y chillabas contra su espalda,
después un último abrazo para nunca más volver a vomitar,
a perder la fuerza, el sol naciente, la alegría de los viernes, la calma
que como una onda imperceptible caminaba entre tus piernas y aún hay más...

...porque no hubo bastantes conversaciones, ni copas, ni venenos
para eliminar de raíz o al menos de superficie un sueño tan dulce y muerto,
no hubo bastante sexo, ni arañazos, ni crédulas frases en manifiestos,
y no conseguía limpiar sus manos del mismo tacto, al otro lado del espejo.

Programática vida contenida en unos cuantos momentos en paz con la identidad,
esa paz que sólo es guerra fría detenida, armamento listo y ganas de autosatisfacer
por el momento, las miserias personales, los orgasmos dolorosos, el duelo natural,
vida de animal encogido y fiero que se arroja contra el dolor, lo contempla hacer

su duro trabajo de secar la carne, preparar el cuerpo para un letargo indefinido,
arrebatar el brillo de los ojos y devolverlo sólo los días de absoluta oscuridad, sí,
esas noches cerradas en las que sabes que un poco más podría ser el último castigo,
y sin embargo, un poco más es justo lo necesario para esa paz con la normalidad,

y al día siguiente guerra fría de latidos contra las sienes, del estómago expectante
a esa palabra fina y exacta que complete el poema del desastre, un naufragio de dos,
un viaje sin ropa, sin aseo, sin comida, sin silencios, un viaje tan recomendable
que podría comprar ese billete sin vuelta y sin embargo, espero aún que me acompañes.

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