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viernes, 13 de enero de 2012

La estación seca.

Dentro de nada van a pintarse las calles con la alegría derretida del Sol en forma de ilusiones y horizontes de textura acuosa. Van a teñirse las paredes de esa luz anaranjada que nos gusta más incluso que un amanecer, porque cuando la tarde cae empieza la noche y la noche nos calma. Empezarán a empaparse los párrafos de invierno mal curado y de primavera tardía, y, si empiezo a perderme en ellos, puedo también perder el sur.

Porque no nos alimentamos de lo que vemos, también oiremos muchas cosas, y muy diferentes. Vamos a notar cómo cada esquina de casi cualquier calle se llena de conversaciones dulces, de manos que se rozan y ojos que no se atreven a mirarse, de empujones, de abrazos, de lágrimas...En fin, de lo mismo que escuchamos en la estación del letargo, pero con una duración infinita. La duración infinita de la Luna, de las palabras, del bostezo de las estrellas, de las preguntas que nunca hacemos porque un sí en el aire es mejor que un no en la tierra. De unos pequeños ojos con matices que recordamos a la perfección, pero si hablamos de sonidos...las calles podrían llenarse con tu voz rota y desganada, puede que algo borracha, gritándole a otra: "¡No lo sé!" Y, como no lo sabes, mejor que te calles.

Vista, oído...recuerdos nítidos, desde luego. Pero las manos que se rozan no son ajenas, son las tuyas y las mías. Y cuando se pinten las calles y se hable en las esquinas, podremos, si prestamos atención, conocer el tacto de lo que siempre se acaba. La tazá de café, los días en la playa, la sexta cerveza, los pelos en la ducha, las llamadas equivocadas, la cabeza dando vueltas, la sonrisa enredada que sólo muestras cuando te sientes acabada. Vaya senda de perdedoras. Pero algo hemos ganado, por el camino, o al menos algo hemos tocado con la yema de los dedos. No es el cielo, pero es tu pelo, por ejemplo. No es el fin del mundo, tampoco, pero a veces parece todo tan absurdo. O tan normal, lo cual podría ser peor. En cualquier caso, el tacto que nunca se va, ni durante el hielo, ni al llegar el bostezo estival: la que siempre nos acompaña, la que nos recuerda quiénes somos, la que estructura nuestros recuerdos y les otorga el significado del verso que mande en ese momento, la que nos hace capaces de lo mejor -el vicio- y de lo peor -el vicio sin sentido. ¿Alguna vez lo tuvo? La nostalgia en verano, también es posible.

Hablar del gusto ya sería caer en precipicios de la imaginación del peligro. Incluso esta marca de cigarrillos puede poner en marcha la mecánica del corazón, y podría pasarle a cualquiera.

Por eso hablemos del último sentido. A veces, por las noches, cuando soñamos despiertos y la almohada comete el acto suicida del vacío, ocurre que perdemos este sentido. Otras veces es un sabor el que destruye todo el orden de la conciencia: dónde estoy, quién soy, qué hago aquí con esta, cómo narices acaba repitiéndose todo. Nos reímos porque

el equilibrio es de mentira
y el sabor es de verdad.
Y como nos creemos muy listos equivocamos los términos.

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