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viernes, 16 de diciembre de 2011

El nacimiento de la tragedia.

“Comparada con la seriedad, santidad y rigor de otras religiones, corre la griega el peligro de ser infravalorada como si se tratase de un jugueteo fantasmagórico – si no traemos a la memoria un rasgo, a menudo olvidado, de profundísima sabiduría, mediante el cual aquellos dioses epicúreos aparecen de súbito como creación del incomparable pueblo de artistas y casi como creación suma. La filosofía del pueblo es la que el encadenado dios de los bosques desvela a los mortales: “Lo mejor de todo es no existir, no mejor en segundo lugar, morir pronto”. Esta misma filosofía es la que forma el trasfondo de aquel mundo de dioses. El griego conoció los horrores y espantos de la existencia, mas, para poder vivir, los encubrió: una cruz oculta bajo rosas, según el símbolo de Goethe. Aquel Olimpo luminoso logró imponerse únicamente porque el imperio tenebroso de la moira o destino, la cual dispone una temprana muerte para Aquiles y un matrimonio atroz para Edipo, debía quedar ocultado por las resplandecientes figuras de Zeus, de Apolo, de Hermes, etc. Si a aquel mundo intermedio alguien le hubiera quitado el brillo artístico, habría sido necesario seguir la sabiduría del dios de los bosques, acompañante de Dioniso. Esa necesidad fue la que hizo que el genio artístico de este pueblo crease esos dioses. […] ¡Pues de qué otro modo habría podido soportar la existencia este pueblo infinitamente sensible, tan brillantemente capacitado para el sufrimiento, si en sus dioses aquélla no se hubiera mostrado circundada de una aureola superior! El mismo instinto que da vida al arte, como un complemento y una consumación de la existencia destinados a inducir seguir viviendo, fue el que hizo surgir también el mundo olímpico, mundo de belleza, de sosiego, de goce.”

En el contexto del idealismo alemán, parece ser que Nietzsche opta por una razón mitológica, por un no cerrar los ojos ante la horrible y verdadera sabiduría de Sileno, todo ello con el único pretexto de aclarar quiénes eran los griegos y por qué nos resultan tan fascinantes y misteriosos.

Tal y como vimos con Freud y Strauss, unido a la teoría estructuralista, la estructura de la sociedad se basa en lo no-agresivo y lo no-incestuoso, lo que demuestra que el origen o nacimiento de lo social reside en la prohibición de estos dos impulsos humanos. He encontrado un paralelismo en este texto seleccionado de Nietzsche: el filósofo alemán trata de desmentir aquí ese falso concepto de “jovialidad griega”. Esa creencia, al contemplar el modo de vida y el arte griegos, de que fueron la civilización donde nació la luz, la teoría, la razón, lo que salva a los seres humanos de ser naturales sin más. Lo que Nietzsche trata de clarificar es el por qué de ese arte perfecto, mesurado y rectilíneo, esos dioses luminosos, de bella figura y, simplemente y felizmente, existentes.

Todo este arte y esta alabanza a la vida para Nietzsche no es más que el reverso de una moneda que obsesionaba a la civilización griega y a todas las posteriores, y cuya cara omitida pero siempre presente, aunque fuera como negación, es la sabiduría silénica: la existencia encarna el sufrimiento y la búsqueda de una totalidad que siempre se va, hasta que se va la existencia, es decir, en la muerte. Ese sufrimiento consiste en saber que todas las preguntas que no pueden contestarse forman parte de aquello que permite hacérselas: la vida.

Ante esta evidencia, los griegos colocaron a su arte y a sus dioses como ese consuelo eterno de lo que, simple y absolutamente, existe y adora existir. Sólo una civilización tan dotada para conocer este reverso horrible era capaz de crear un arte tan redentor, encarnado en esas figuras divinas que, al contrario que los seres humanos, brillaban siempre con luz propia.

En este contexto es cuando aparece Sócrates, y con él, el hombre teórico, lo fatal para Nietzsche. Al pretender que todo sea inteligible, al querer descubrir lo justificado en todas las cosas, el sufrimiento se incrementa, porque la vida se convierte en un feo juego de apariencias por desvelar en lugar de una bella creación artística que ya hace presente pero soportable ese velo de sabiduría silénica.

Lo absurdo, lo horrible, no puede para Nietzsche traducirse en racionalidad, en conocimiento teórico. Debe ser llevado a la realidad mediante el arte, porque la sugestión y el velamiento es el único modo de ser feliz ante ante una existencia y una capacidad racional limitadas. Porque no todo es racional, el arte debe existir como tal, y de acuerdo con esta máxima emprende Nietzsche su dura crítica contra Sócrates y lo que éste representa: el hombre teórico que da la espalda a la sabiduría de Sileno, pero cuya fuerza y verdad no deja de atormentarle.

Conclusión: como ya dije al principio del comentario, he encontrado un claro paralelismo entre las estructuras que posibilitan la sociedad y las que posibilitan el arte excelso, el arte griego. Así como es artificial y forzada la resistencia al amor interfamiliar y a la guerra contra otros grupos consanguíneos, es artificial la luminosidad y la perfección, la plenitud y la felicidad de los dioses griegos. Y lo artificial es el reverso de lo verdadero-natural, de aquélla cara de nosotros mismos que no queremos desvelar, que sume, según Freud, al hombre en una eterna minoría de edad regida por la dificultad de renuncia que asume en su infancia, y que sumiría a los griegos en una eterna minoría de edad espléndida, que les hace admirables y entrañables a los ojos de los historiadores: una época en la que todo podía suceder, inventarse, crearse; unos seres humanos que eran como niños y que tenían algunas preguntas formuladas y todas las respuestas por delante. A lo largo de la historia y, por culpa de Sócrates, las preguntas no se responden, siguen siendo las mismas y sin embargo se ha perdido la inocencia y la esperanza en las respuestas, y la sabiduría silénica permanece contenida por la falsa creencia en una sabiduría racional que todo lo puede pero que, de hecho, nada soluciona. Cabría preguntarse si esa cara artificial que en estructura no es más que la “horrenda” sabiduría silénica se corresponde con lo que Aristóteles denominaba: “aquello de divino que hay en nosotros”, un trascender, un ir más allá de uno mismo, del hombre mismo, acaso el superhombre de Nietzsche




*La verdad redimida en la belleza*