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jueves, 22 de septiembre de 2011

Un susurrante otoño.

Lo que más miedo me da, es no saber vivir. Son los días de dudas que te comen, de decisiones que van y vienen, de pensar en el futuro y llegar a la conclusión de que nada saldrá como lo espero. Entonces, ¿por qué pensar en él? No sé, pero no puedo parar.

Encima, cada vez escribo peor. No es porque no tenga nada que escribir, ni que decir, es porque he perdido la mínima habilidad que tenía a la hora de empalabrar sentimientos.

Es porque cuando leo poesía, buena poesía, pienso: vaya, qué increíble, qué sentían, qué manera de decirlo...Pero cuando pienso en escribir, me quedo callada, por dentro y por fuera. Porque aunque hable por los codos, y aunque miles de contingentes se me acumulen en la cabeza, lo único necesario y verdadero es que por dentro estoy callada, a la espera...de algo.

Para las palabras no vale el silencio.

Para la acción no valen las palabras. No bastan.

Si supiera matemáticas, sabría resolver la ecuación extraña entre mi silencio interior, mis palabras exteriores y las acciones que llevo a cabo. Pero soy de letras, y después de este verano y lo que parece un susurrante otoño, no tengo fórmulas geniales para resolver problemas inexplicables, y tampoco dispongo de palabras con las que embellecer los problemas.

Espero que esta sequía creativa y emocional sea un síntoma de lo que cualquier freudiano llamaría un bloqueo de un trauma y a lo que yo llamo "chica estás hecha un lío".