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miércoles, 10 de agosto de 2011

Reflexiones a la solana, I


Compartir horas con alguien. En lugares distanciados.

La comida, la siesta, el cigarro. El sueño, el placer solitario, las conversaciones, mejores y peores, los mimos, los ratos para pensar, las nuevas experiencias.

Aunque viváis en la Luna, aunque yo viva en una nube descargada en cada sonrisa y también en cada orgasmo o conjunto sentimental de palabras. Aunque nunca jamás nos veamos, aunque quien menos imagine acabe siendo lo más inverosímil.

Os deseo, en este verano tan extraño que sugiere una familiaridad que aprenderé a vivir, que os enamoréis sin pensarlo, sin hablarlo y sin pasarlo por agua.

¿Creéis que cuando seamos adultos, pero no en el DNI, sino en la cuenta bancaria, tendremos grilletes? ¿Creéis que veréis mundo al terminar de estudiar y todo eso? ¿O hablaremos de sueños hasta que nos despierte la hipoteca?

Yo tengo amigos soñadores, otros más conformistas, otros con problemas más grandes, y otros que ni se lo plantean.

A los soñadores: las respuestas a las preguntas que acabo de formular saldrán de nuestras bocas, y no de nuestros bolsillos. Hay, creo, tres maneras (hoy en día) de habitar el mundo:

La primera como esclavo, como ser dependiente, reducido a la condición de "asalariado" y habitante del "mañana cambiarán las cosas". Esperando a envejecer para empezar a vivir. Digna postura.

La segunda manera cuenta con menos individuos asiduos a ella, ya que es un modo de vida escaso por dos razones: por complicado y por despreciable. Es la condición opuesta a la del esclavo, es la de ser libre a costa de otros, esto es, creer ser libre. Estos son los chupópteros del mundo, unos pocos vampiros económicos, la conocida "mano invisible" de los mercados de la que tanto se habla últimamente en la prensa, como si fuera una noticia de última hora.

El tercer modo de habitar el mundo...no sabría cómo definirlo. Tampoco es un estado del todo deseable; otorga libertad pero también algún que otro cargo de conciencia. Hoy en día parece que está de moda ser anti-sistema, pero también parece imposible y el sistema se ríe del intento. Hay dos opciones que no encarnan mucha lucha ni mucha preocupación, a simple vista. O formas parte del sistema, o sales de él. La segunda opción es ese tercer modo de habitar el mundo. Hay a su vez dos maneras de salir del sistema. La primera, cometer un delito y ser apartado. Los mayores crímenes contra la Humanidad son llevados a cabo por los poderes económicos, impunes, pero por robar comida, dinero o ropa se castiga con la pérdida de una ya reducida libertad. Salir del sistema como delincuente no es salir realmente: es estar dentro de él, pero apartado y despreciado, obviado. La segunda manera de salir del sistema es, sencillamente, dejar de depender de él. Nada de bancos, ni de salarios, ni de burocracia. Un número menos entre tantos que somos: si no participas, estás fuera; sencillo. Pero desgraciadamente no hay campo ni huertos ni animales para todos, o sí que los hay pero mal distribuidos y consumidos.

Hay que ir al McDonalds para comer barato, hay que salvar los bancos, que, pobrecitos, no supieron parar su propia rueda desorbitada, hay que estudiar, trabajar y formar una familia, y hay que tener unas ciertas inquietudes rebeldes de joven, pero sin pasarse y sin que duren muchos años, que todo el mundo sabe que eso se pasa y luego nos convertimos en personas normales que charlan en cafeterías.

Yo no soy antisistema por definición. El sistema se dirige al fracaso, pero el error es más profundo que la rueda económica, más básico, creo.

El engaño es pensar en la dualidad. Yo misma lo hago, todos lo hacemos. Si viviéramos la vida como un continuo con sentido unívoco, sufriríamos menos, entenderíamos más. El problema es no ser capaces de separar el dolor del placer, la pobreza de la riqueza, la necesidad de la independencia, el bien del mal. Vivimos con cierto miedo por culpa de un error: esa manía de pensar que lo bueno de lo malo es que nos hace apreciar más lo bueno. El amor es una mierda, porque duele, pero el dolor es bueno, porque nos ayuda a entender lo que amar significa. Creo que las cosas son más simples, y la complicación, la batalla constante que tenemos formada en nuestras cabezas hace, entre otras cosas, que aceptemos este sistema fascista, estas opciones en las que no se elige lo mejor sino lo menos malo, y este paso hacia la vida adulta.

¿Por qué aceptamos que un ritmo de vida laboral frenético es bueno? No es sólo la necesidad, la supervivencia, también hay resignación y aceptación, porque el pensamiento dual acecha y triunfa.

Lo frenético lo comparamos con el descanso, con “lo bien que vamos a dormir tras un duro día de trabajo”. Dormir es un poco como morir, y trabajar para descansar es despreciar el trabajo en sí mismo, tomarlo como un medio para la consecución de un fin.

¿Por qué aceptamos relaciones tormentosas que no nos hacen felices? De nuevo el pensamiento de lo dual, haciéndose notar. Amor, dolor, no son nada el uno sin el otro. Vivimos en lo uno y su contrario, en la causa y en su efecto, y por eso creemos que el dolor en una relación es soportable e incluso positivo, porque…¡tachán! El amor triunfará y la vida será rosa. ¿Y acaso cuando la vida sea rosa, o negra o multicolor, no echaremos de menos ese dolor agridulce que nos hacía soñar con la futura vida que ahora llevamos? ¿Y entonces qué, echaremos de menos el dolor, como si fuera ese amigo que era un pelmazo pero al que acabas echando de menos porque siempre estuvo allí cuando lo necesitaste? ¿O más bien lo necesitaste cada vez que estuvo allí, porque somos incapaces de pensar que el placer y el dolor, el amor y la indiferencia (que es más dolorosa que el odio), la luz y la oscuridad, la razón y el sentimiento, lo femenino y lo masculino, y todas las oposiciones que se os ocurran, en realidad forman parte de lo mismo? ¿Por qué diferenciamos, por qué separamos?

¿Por qué la rutina para hoy y la felicidad para mañana? ¿Por qué algunos pueden hacer de la felicidad su rutina y los demás la tomamos a sorbitos? ¿Y por qué aceptamos esto? Porque vivimos en futuro, y sin futuro no seríamos nada. ¿El problema es que nos sobra inteligencia, o que nos falta? ¿La inteligencia es lo que nos han enseñado como “pensar”, o es lo que hacemos de manera intuitiva cuando no pensamos?

Os dejo que penséis y me ayudéis. Se aceptan sugerencias. Hoy, mañana, radicales, conservadoras, claras, oscuras, femeninas, masculinas, optimistas, pesimistas, realistas, idealistas…Así no se puede pensar.