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viernes, 22 de julio de 2011

Textos y documentos.

Verano escaleras silencio noche latidos rápido ventana sueño ilusión mentira vivir mentira ella tiempo lentitud luz viento frío bebé gritos angustia amigos quehaceres noche largo dormir saber, no saber tiempo distancia olvido cambio.

Para un verano de escaleras silenciosas,
leer es ocupar un tiempo lleno de sentido,
escribir es eso que abandoné sin qurerlo,
vivir es un capricho de día y de camino.

El movimiento, la distancia, las tareas.
Todo lo que llena una página en blanco
pero sólo ocupa un pecho malherido,
todo lo que mueve mi clave: las mareas.

Como en una calma suave hay instantes de paz
hay horas que mágicamente se hacen conmigo.
Hay días en los que el lujo de vivir
me recuerda que nunca volveré a ser capaz
de borrar la vida como solía.

Me afano tejiendo este tiempo de sonrisas
me ocupo de todas esas cosas que tú no querías,
me escapo de mis sueños y me secuestran
en las mismas noches en las que te haces intensa.

Pero estoy a salvo de mí misma, siempre y cuando
mi mejor yo no venga a recordarme que lo guardo bajo llave.





(No sé qué escribir, no sé qué decir. Quizá ya no haya nada. Quizá no esté vacía sino tan llena que las palabras se agolpan en la punta de mis dedos y ellos no dan a basto para que todas emerjan. Porque no puedo escribir nada verdadero si no sé quién soy. ¿Quién escribe? ¿La que amaba a una y mil distintas personas? Misma cara, mismo cuerpo, mismos ojos misma voz, pero el amor no se dirige a un recuerdo, o es no es amor. ¿Quién escribe? La de antes, la que esperaba, sí...¿pero qué? No recuerdo.
Vuelvo a querer vivir hacia delante, pero siempre me tropiezo con la que era antes. ¿Por qué esta pelea tan absurda conmigo misma? El infierno no son los demás, el infierno son todos mis yó, cuando me oigo hablar y no me entiendo, cuando me despierto taquicárdica las mañanas más hermosas, culpa de mis oníricas basuras, y me hundo en la cama deseándome un día despreocupado. Apenas lloro, apenas me contengo, apenas quiero, apenas comía, apenas me gusta pasar máas de cinco minutos sola en el mismo lugar. Apenas creo lo afortunada que soy y lo mucho que me espera, y todo ello a causa de solapar un futuro a otro yo, que para mí es un tú. Un tú pronunciado sin acusaciones ni acritud, un tú que conocía y que cuestiono, un tú que solapo a mi futuro por las noces y descreo por las mañanas, cuando la taquicardia se detiene y respiro un sorbo vital. Un tú para el que no sé si existirá un sólo yó, un tú para el que no sé si ya soy otro tú, un ella, una nada turbadora o, ni tan siquiera adjetivada: nada.
Supongo que el proceso es complejo y que nadie me lo explicó con anterioridad porque no tenía explicación. Supongo que este verano es uno como tantos otros y que yo soy más vulgar que una piedra, y no me hunde pensarlo. Supongo, como dice una amiga increíble, que el problema o más bien la solución no está en dejar de pensar en, sino en dejar de sentir por. "El tiempo todo lo cura" es una frase que se dice en unos segundos de una vida probablemente apreciable y llena de quién sabe qué expectativas. La aplicación de esa frase es algo más extensa y ocuparía infinitas líneas que se resumen en la sola idea, conocida por todos, de la pesadez del presente. A los hombros, como una tensión desconocida, intensa y evocadora de la vida, es una sensación tan agradable como insoportable si se prolonga. Es un cosquilleo, un orgasmo pesado y eterno, una carga consciente, una inutilidad...¿para qué? ¿Para vivir? ¿Vivir es acaso la taquicardia de las mañanas? ¿La droga que las apacigua? ¿La tranquilidad que se equipara a la felicidad cuando las agitaciones suponen el recuerdo? Lo que me impulsa a desearme en mi identidad es, pensar y ver, soñando con los ojos abiertos, a mi futuro yó, tan grande pequeño sonriente rápido poético silencioso cariñoso y despreocupado como siempre fue. Mi futuro yó es igual que el anterior con las experiencias añadidas de la lógica impotente y el presente candencioso. Y quizá será mejor, porque me muero por conocerme y me preparo para una cita que no va a llegar, un cigarro que no va a consumirse mientras hablo, al menos no contigo, una serie de cosas que no ocurrirán como las planeé, y esto es lo único que siempre ocurre. La espontaneidad, la imprevisibilidad y el cariño nuevo me pertenecen, y saldrán de mí cuando deje de pensarlos. Cuando deje de calcularme la vida y de vivir en futuro, sabré que llegó el presente. Pero no odo es duro: el presente llega todo los días cuando doblo la esquina y esa chica me sonríe (demasiado para mí), llega cuando observo el atareado movimiento de las personas a las que quiero, cómo sus vidas corren frenéticas para llegar a la cama, al abrazo, a la lengua cálida que parece penetrar en la boca diciendo: ¿qué importa el mundo, si sabes a lo que me refiero? Y como sé a lo que me refiero, siempre siempre intento apartarlo de mi mente pero es tonto porque siempre supe ser quien era, aunque no lo sé, antes de todo. Y todo lo que se dice o se escribe de manera enrevesada es simple pero no se dice en su fórmula sencilla: ¿por qué? Pues porque cada cosa va en su lugar: la lengua que te calma, es sencilla, sin dobleces; no se escribe. Pero explicar dónde fue esa calma y las ganas de aglomerarse en el tiempo es asunto literario porque, realmente, no forma parte de la vida que los demás pudieran entender de un plumazo. Es tan sólo un tiempo largo, un reloj interno que de un momento a otro me grita: ¡eres feliz! , o ¿es posible ser feliz omitiendo realidades? Realidades, aún no sé, por cierto, si inventadas. Realidades que fluyen dentro de mí, quemando o endulzando, y que sólo pueden escribirse tan complejamente como el mecanismo interior del tiempo de la omisión se dedique a camuflar esas realidades inventadas.