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martes, 7 de junio de 2011

¡El viento nos aburre!

Algo encendió la luz y nos encontró en una postura muy extraña porque allí faltaba alguien que se parecía un poco a un helado de chocolate y menta y también al olor de una calle en la que nunca has estado después de llover. También pude observar cómo mi cuerpo se tatuaba de historias que no eran las mías y cómo yo aceptaba todo, y a todos, sin cuestionar.

Salimos a una terraza y la humedad pegaba la ropa a la piel. Bebía agua, fumaba con tos, enrojecían sus ojos, tiraba fotos, hacía comentarios y se reía, decía que no recordaba cómo había llegado allí, afirmaba no saber qué iba a pasar a continuación, y actuaba como si yo no me muriera de ganas de dormir.

Luego en el cuarto echamos a los bichos de las sábanas y llenamos la bañera antes de acostarnos. Dimos de comer a las tortugas y regamos las acequias. Las hojas mustias decían, "¡El viento nos aburre!" Nacer para ser planta no es compatible con los juicios de felicidad. Por eso enjuicié mucho todas las cosas que pasaron y por eso no me sorprendió que se encendiera la luz y entraran las tropas blancas a destrozar nuestra intimidad. Su trabajo era salvaguardar las emociones desbordadas de los inconscientes que consiguen encontrar un hueco para sus diálogos sudorosos, y lo cumplieron con eficacia.

Cuando salí de allí, ni tú ni yo éramos. Ni siquiera los bichos que eran nuestros bichos ocupaban ya las sábanas que nunca se lavaron.

Van a quemar todos los cuartos para que podamos ir a trabajar, a cotizar y a jadear detrás de una vida desconocida.

¿Y vamos a aceptarlo todo como si la vida fuera un sueño? Un sueño, dentro de otro sueño, dentro de otro, que cae...dentro de otro más profundo aún...dan ganas de dormir, y por eso creo que me voy a despertar.