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sábado, 2 de abril de 2011

La tierna borracha que escribe y saluda.




Quisiera hacer una especial mención esta tarde de sábado absurda a las alegrías que se lleva una a las siete de la mañana esperando al metro de vuelta a casa.

Sentada al final del andén de Callao, al lado de un chico que iba todavía más torcido que yo. Sin batería en el móvil, condenada a oír el traqueteo del subterráneo y la ausencia de risas y palabras esperable un sábado a tan tempranas horas.

De repente, un jaleo de risas y gritos en el andén de enfrente. Aparecen tres chicas con una embriaguez divertida, arrojada, tierna, y empiezan a mirar a las personas que estábamos allí, pocas, y a hablar de ellas como si fuera una obra de teatro interactiva y reírse del público fuera actuación obligada.

"Ese chico va a estudiar, lleva una mochila, qué serio está..." (risotada)

"Ese tío se está durmiendo, mirad, mirad, se duerme... (carcajadas)

"¡Esa chica se ríe! ¡Mirad, se está riendo!"

Entonces me doy cuenta de que hablan de mí, y me río aún más. Una de ellas me saluda desde el otro andén y me tira besos, yo me río más y después saludo con la mano. Llega su tren, y la que no hablaba apenas, la que menos estaba montando el pollo, la alta del pelo oscuro y cortito, se pega al cristal como un niño a un acuario de Faunia, y me mira fijamente, como si yo fuera un lento pez eléctrico que se pasea ante su sorprendida mirada, cuando la sorprendida era yo.

Me echo hacia atrás, intimidada. Me sonríe, me saluda con la mano, y después empieza a tirar besos, con una mano, con las dos, desde el pecho, con risa, con pena, como pidiéndome algo. Me río y, como una idiota, en vez de devolverle al menos uno de los muchos besos que ha tirado a las vías, voy y saludo con la mano, en un gesto tan poco expresivo como triste, con esa risa tan falsa en la cara. ¡Igual no quería reírme!


Chica de los besos, si alguna vez lees esto, que sepas que yo a veces también me pregunto por qué pensaré que los demás son gilipollas, si yo misma lo parezco.


Me voy a dar una vuelta, porque Berkeley no me hace aún sentir intranquila, y me aburro.