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miércoles, 16 de febrero de 2011

Las puertas de la percepción. Aldous Huxley.



William Blake: "Si las puertas de la percepción se abrieran, todo se mostraría al ser humano tal como es: infinito".

Existe una palanquita, una glándula, un resorte, en nuestro cerebro,que se activa continuamente en nuestra vida cotidiana, y es lo que nos permite prestar la enorme atención que prestamos continuamente a todos los estímulos que recibimos del mundo exterior. Si este resorte estuviera deprimido, o inutilizado, nosotros mismos seríamos, respecto al mundo en que vivimos, inútiles. Lo que hace esta "palanca" es seleccionar la información que pasa a nuestro cerebro, y selecciona, obviamente, la que es útil para nuestra supervivencia. Así, meros aspectos como la belleza o la apariencia estética y preciosa de las cosas no se nos muestran más que cuando no estamos en una situación de supervivencia. El ser humano se ha desarrollado y ha llegado a sobrevivir gracias a su inteligencia, a su cerebro privilegiado, a su capacidad de captar y seleccionar información, de categorizar y de encerrar en conceptos y nociones inventadas por él mismo todo lo que percibe. ¿Acaso no nos sentimos inseguros cuando no podemos poner nombre a algo que se nos aparece a nuestro entendimiento?

Pues bien, existe cierta droga, la mescalina, que, de alguna manera, desactiva, deprime o adormece esta "palanquita" que nos ayuda a seleccionar información para sobrevivir. La mescalina es el principio activo del peyotl, una planta que consumen los indios en sus ritos místicos, para transportarse a un estado mayor de trascendencia. Como otros alucinógenos (LSD, por ejemplo), la mescalina libera a su consumidor de su ego, de su yo, de su percepción de sí mismo como un ser separado del mundo. Y a la vez, debido al bajón de azúcar que produce su consumo, proporciona unas visiones extraordinarias. Por eso no es de extrañar que los que practican el ascetismo, y se ejercen a sí mismo torturas físicas tales como el ayuno extremo, no lo hacen en vano y sólo por sufrir, sino con el objetivo de tener estas alucinaciones como producto de esa falta de azúcar.
La mescalina es, de las drogas alucinógenas, aunque se conozca poco de ella, la menos adictiva y la que menos efectos nocivos tiene en una mente y un cuerpo sanos. Esto es evidente, ya que, por ejemplo, no sería recomendable para un esquizofrénico el consumo de este principio activo del peyotl, porque sus visiones no son precisamente deseables, sino que son un infierno.
Pero en una persona sana, los efectos de la mescalina son, como describe Aldous Huxley en su ensayo "Las puertas de la percepción", toda una experiencia.
El ego se separa, el yo pasa de ser algo inmanente (dentro de sí) a algo trascendente (fuera de sí). Es decir, imaginaros observar el mundo como si realmente formaráis parte de él. Como si no fueráis un cuerpo pensante localizado en el espacio, que se diferencia claramente del resto de cuerpos precisamente por ocupar ese espacio.
Lo que Locke, Galileo y Aristóteles llamaron cualidades primarias o sensibles comunes, respectivamente, son: el espacio, el volumen, la forma, el número (todo aquello que hay en TODOS los cuerpos, que está en ellos, lo que de objetivo hay en el mundo, en definitiva). Estas cualidades para ellos y para otros muchos son lo único real que podemos conocer del mundo exterior. Por otro lado, estarían las cualidades secundarias o sensibles propios, que son aquellas propiedades de las cosas, de los cuerpos, que cambian según el sujeto que las perciba, y que no están en los cuerpos, sino que son el mero resultado de la ordenación de sus partículas (átomos) según su forma, número, volumen, y ordenación espacial, esto es, según sus cualidades primarias. Por ejemplo, una puerta tiene volumen, forma, número (es una) y está localizada en el espacio (mi casa). Pero no es blanca, la puerta misma, sino que sus átomos se mueven y se organizan de tal manera que yo la percibo como blanca, aunque quizá un daltónico la perciba como amarilla. ¿Entonces quién está equivocado, el daltónico o yo? Ninguno, porque la puerta NO tiene color.
Pues bien, lo que la mescalina produce en nosotros es que las cualidades primarias (sobre todo el espacio y el tiempo) pierdan totalmente sus sentido y su utilidad. Y las secundarias (luz, color, brillo), las puramente sensoriales, adquieren todo el protagonismo. Bajo los efectos de la mescalina, uno mira una flor, por ejemplo, y no importa si esa flor está en el suelo, o en una maceta, o en la pared, si es una, si son dos, o si tiene X número de pétalos. Y no importa cuánto tiempo pasemos mirando la flor, porque la flor puede serlo todo en ese momento. Lo único importante es que la flor tiene un brillo, unos colores, una luz que sale de ella misma y un significado tan intenso, una existencia tan manifiesta, que llamarla flor es casi insultante. Bajo los efectos de esta droga, los conceptos y las palabras son insuficientes, son unas "cutres" adaptaciones al mundo que hacemos los seres humanos. Y obviamente el observador, el hombre o la mujer drogada que observa la flor, no importa un pimiento. Esto quiere decir que da igual quién seas, qué pienses, y a qué te dediques. Es un entregarse a las cosas, tal como aparecen, y dejarse inundar por su belleza.

Parece, según dice A. Huxley, que algunos artistas (curiosa o casualmente los más renombrados) son capaces de percibir así el mundo. Pero su talento no consiste en percibirlo, pues en mayor o menor medida, todos podemos hacerlo, sino en saber transmitir en mayor medida, y serán así grandes artistas, el maravilloso mundo que ven.

¿Y dónde queda la moral bajo los efectos de esta droga? ¿Que está bien y qué está mal? Porque está claro que pudiendo contemplar el mundo de esta forma tan increíble, el bien y el mal entre las personas pasa un segundo plano, de hecho, las personas pasan a un segundo plano. En todo caso lo único que prevalece de ellas es su arte, y sólo el realmente representativo del mundo exterior que contemplamos embriagados por la mescalina.
Dice Huxley, muy acertadamente en mi opinión, que, en la ética, una persona tiene hecha la mitad por lo menos si no hace nada. Es decir, que la mayoría de las leyes morales o penales son prohibitivas, y que la contemplación no daña a nadie. Es verdad que ciertas cosas que estaría bien hacer no las harás, pero bastante harás quedándote quietecito, viene a decir. Esto puede parecer en cierto modo reprochable pero...¿acaso no tiene razón?
El problema que más fuertemente surge, en mi opinión, es el de la supervivencia. ¿Cómo responder a los miles de estímulos diarios que se nos presentan si nos hallamos en un estado de contemplación sin nociones espacio-temporales, o al menos sin la menor intención de tenerlas? Creo que la solución estaría en reservar cierto tiempo a hallarnos, en grupos, en este estado, tal y como hacen los indios, a los que llamamos salvajes. Porque incluso nuestra muy respetable y arraigada tradición cristiana ha hecho uso de alucinógenos para experimentar lo que San Juan de la Cruz llama: "la unión con el Amado". Al fin y al cabo, el deseo de autotrascendencia del ser humano se hace patente en nuestras vidas todos los días. Esas ganas irrefrenables de salirse de uno o una misma, de sentirse parte de un todo, de no sentirse encerrada en la propia subjetividad y en el yo, en nuestro lenguaje, nuestras costumbres, nuestro sexo, nuestra raza, nuestra rutina, nuestro país...lo que nos identifica y al mismo tiempo nos atrapa. Nuesta supervivencia, en definitiva, que depende, como animales sociales que somos, de formar parte de un grupo, y que nos sería imposible si viviéramos aislados como islas.
Este deseo de escapar a nosotros mismos y sentirnos en comunidad se ve patente en el uso que hacemos del tabaco, el alcohol, el hachís, y otras sustancias. Evidentemente nocivas, las consumimos, los más afortunados, con moderación, y dejamos que nuestro ser no-rutinario salga a la luz. ¿Pero qué queda luego de eso? Malestar físico.
No sé mucho de la mescalina, pero al parecer no deja ese malestar, no produce adicción...ahora bien, sus efectos son más visionarios. Por lo tanto, creo que la clave estaría en encontrar, de la misma manera que encontramos la infinita belleza y existencia significativa desconceptualizada de las cosas cuando estamos drogados, la belleza y la existencia des-personalizada, en este caso, en las personas. Así como observamos una flor sin medirla en el espacio-tiempo ni en su especie, la categoría a la que pertenece, y su posible utilidad (me la comeré, me la pondré en el pelo, la pisaré porque soy gilipollas), de esta manera podríamos ver a las personas bajo los efectos de una droga semejante o de la mescalina misma: es decir, no considerar a las personas mediante las categorías a priori que establecemos antes de conocerlas de la misma manera que hacemos con las cosas. No pensar en las personas como pertenecientes a una clase determinada, un sexo, una raza, una cultura, un sentimiento religioso, una orientación sexual, una ideología...des-pensar a las personas. Esto no significa olvidarse de todo lo que nos constituye, sino simplemente no considerarlo lo primero a la hora de juzgar. O, mejor aún, empezar con una ausencia de juicio. Salir del yo y de las categorías con que analizamos el mundo para ver la Belleza del mismo. De la misma manera que veo la belleza en una flor puedo verla en una persona, si soy capaz de mirar a la persona tal y como miro a la flor. Lo que el complejo mundo psicológico de esa persona me diga después al respecto, será otro asunto, que llevará su tiempo, pero...hay tiempo de sobra cuando se trata de un asunto como éste.

De todas maneras, creo que lo ideal sería no necesitar una droga para acceder hasta estado de des-juicio, ya que no todas las personas en el mundo tienen el acceso o la confianza en las sustancias químicas naturales de apertura.




Siento el rollaco que he soltado, pero es que este libro es realmente apasionante y necesitaba contar una pequeña parte de él al mundo :)

Besos, cuidarse!