Lookin' for!

martes, 26 de julio de 2011

Bsc-m.

Estoy tan cansada que me montaría en un coche y me dejaría conducir hasta el mar. Me dormiría con la cara aplastada sobre un libro lleno de descripciones. Acariciaría a mi perro hasta verlo soñar con que corre. Me bañaría en la bañera de la espuma. Escucharía "From the valley to the stars" y pensaría: las situaciones caen, una a una, como gotas en un fregadero a la hora de la siesta. Maldeciría por última vez el anuncio de San Miguel, a pesar de que me guste Facto. Me desgañitaría en sueños para cantar bien en la ducha mañana. Me fumaría un porro y dejaría que el humo me envolviese justo antes de caer, y, justo antes, acercaría un lápiz y un papel. Desearía ver más allá de mis narices diarias, más allá del sueño dulce, para dejar de dormir sin pretensiones. Me vería Love Actually, o Predator, e incluso...no, me quedaría dormida antes de empezar a descargar. Leería un rato cosas acerca del feminismo, Rousseau, y la esclavitud conyugal, pero no estoy de humor para dejar de aceptar las injusticias tan grandes que sombrean las propias. Nadaría unos largos hasta que mi cuerpo flotara con la inercia natural de los músculos, hasta sentirme ágil y voluntariamente envuelta en mi piel...lo siento. Buscaría mis galletas favoritas y me las comería aunque estuviesen un poco pasadas. Me dejaría conducir y dormir en el asiento trasero de un coche hasta el mar...hasta el mar, lo siento.

Buscarse es algo así como escucharse hasta en lo absurdo. Encontrarse es obedecerse de la manera menos absurda posible.

Jarabe de café.

Lo positivo del límite
es que puedo ser libre.

Lo positivo del presente
es que ya ha pasado.

Lo positivo del suspense
es la sorpresa.

Lo positivo de lo posible
es que siga existiendo.

Lo positivo de ser yo misma
es igual a todo lo negativo.

A la fiesta de sus gestos yo no estaba invitada:
reunión en la cumbre ya no es como antes
pero la habitación propia y la belleza son
espacios futuros que conquistaré.

viernes, 22 de julio de 2011

Textos y documentos.

Verano escaleras silencio noche latidos rápido ventana sueño ilusión mentira vivir mentira ella tiempo lentitud luz viento frío bebé gritos angustia amigos quehaceres noche largo dormir saber, no saber tiempo distancia olvido cambio.

Para un verano de escaleras silenciosas,
leer es ocupar un tiempo lleno de sentido,
escribir es eso que abandoné sin qurerlo,
vivir es un capricho de día y de camino.

El movimiento, la distancia, las tareas.
Todo lo que llena una página en blanco
pero sólo ocupa un pecho malherido,
todo lo que mueve mi clave: las mareas.

Como en una calma suave hay instantes de paz
hay horas que mágicamente se hacen conmigo.
Hay días en los que el lujo de vivir
me recuerda que nunca volveré a ser capaz
de borrar la vida como solía.

Me afano tejiendo este tiempo de sonrisas
me ocupo de todas esas cosas que tú no querías,
me escapo de mis sueños y me secuestran
en las mismas noches en las que te haces intensa.

Pero estoy a salvo de mí misma, siempre y cuando
mi mejor yo no venga a recordarme que lo guardo bajo llave.





(No sé qué escribir, no sé qué decir. Quizá ya no haya nada. Quizá no esté vacía sino tan llena que las palabras se agolpan en la punta de mis dedos y ellos no dan a basto para que todas emerjan. Porque no puedo escribir nada verdadero si no sé quién soy. ¿Quién escribe? ¿La que amaba a una y mil distintas personas? Misma cara, mismo cuerpo, mismos ojos misma voz, pero el amor no se dirige a un recuerdo, o es no es amor. ¿Quién escribe? La de antes, la que esperaba, sí...¿pero qué? No recuerdo.
Vuelvo a querer vivir hacia delante, pero siempre me tropiezo con la que era antes. ¿Por qué esta pelea tan absurda conmigo misma? El infierno no son los demás, el infierno son todos mis yó, cuando me oigo hablar y no me entiendo, cuando me despierto taquicárdica las mañanas más hermosas, culpa de mis oníricas basuras, y me hundo en la cama deseándome un día despreocupado. Apenas lloro, apenas me contengo, apenas quiero, apenas comía, apenas me gusta pasar máas de cinco minutos sola en el mismo lugar. Apenas creo lo afortunada que soy y lo mucho que me espera, y todo ello a causa de solapar un futuro a otro yo, que para mí es un tú. Un tú pronunciado sin acusaciones ni acritud, un tú que conocía y que cuestiono, un tú que solapo a mi futuro por las noces y descreo por las mañanas, cuando la taquicardia se detiene y respiro un sorbo vital. Un tú para el que no sé si existirá un sólo yó, un tú para el que no sé si ya soy otro tú, un ella, una nada turbadora o, ni tan siquiera adjetivada: nada.
Supongo que el proceso es complejo y que nadie me lo explicó con anterioridad porque no tenía explicación. Supongo que este verano es uno como tantos otros y que yo soy más vulgar que una piedra, y no me hunde pensarlo. Supongo, como dice una amiga increíble, que el problema o más bien la solución no está en dejar de pensar en, sino en dejar de sentir por. "El tiempo todo lo cura" es una frase que se dice en unos segundos de una vida probablemente apreciable y llena de quién sabe qué expectativas. La aplicación de esa frase es algo más extensa y ocuparía infinitas líneas que se resumen en la sola idea, conocida por todos, de la pesadez del presente. A los hombros, como una tensión desconocida, intensa y evocadora de la vida, es una sensación tan agradable como insoportable si se prolonga. Es un cosquilleo, un orgasmo pesado y eterno, una carga consciente, una inutilidad...¿para qué? ¿Para vivir? ¿Vivir es acaso la taquicardia de las mañanas? ¿La droga que las apacigua? ¿La tranquilidad que se equipara a la felicidad cuando las agitaciones suponen el recuerdo? Lo que me impulsa a desearme en mi identidad es, pensar y ver, soñando con los ojos abiertos, a mi futuro yó, tan grande pequeño sonriente rápido poético silencioso cariñoso y despreocupado como siempre fue. Mi futuro yó es igual que el anterior con las experiencias añadidas de la lógica impotente y el presente candencioso. Y quizá será mejor, porque me muero por conocerme y me preparo para una cita que no va a llegar, un cigarro que no va a consumirse mientras hablo, al menos no contigo, una serie de cosas que no ocurrirán como las planeé, y esto es lo único que siempre ocurre. La espontaneidad, la imprevisibilidad y el cariño nuevo me pertenecen, y saldrán de mí cuando deje de pensarlos. Cuando deje de calcularme la vida y de vivir en futuro, sabré que llegó el presente. Pero no odo es duro: el presente llega todo los días cuando doblo la esquina y esa chica me sonríe (demasiado para mí), llega cuando observo el atareado movimiento de las personas a las que quiero, cómo sus vidas corren frenéticas para llegar a la cama, al abrazo, a la lengua cálida que parece penetrar en la boca diciendo: ¿qué importa el mundo, si sabes a lo que me refiero? Y como sé a lo que me refiero, siempre siempre intento apartarlo de mi mente pero es tonto porque siempre supe ser quien era, aunque no lo sé, antes de todo. Y todo lo que se dice o se escribe de manera enrevesada es simple pero no se dice en su fórmula sencilla: ¿por qué? Pues porque cada cosa va en su lugar: la lengua que te calma, es sencilla, sin dobleces; no se escribe. Pero explicar dónde fue esa calma y las ganas de aglomerarse en el tiempo es asunto literario porque, realmente, no forma parte de la vida que los demás pudieran entender de un plumazo. Es tan sólo un tiempo largo, un reloj interno que de un momento a otro me grita: ¡eres feliz! , o ¿es posible ser feliz omitiendo realidades? Realidades, aún no sé, por cierto, si inventadas. Realidades que fluyen dentro de mí, quemando o endulzando, y que sólo pueden escribirse tan complejamente como el mecanismo interior del tiempo de la omisión se dedique a camuflar esas realidades inventadas.