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sábado, 18 de junio de 2011

El arte por la noche alucinada.

Para entender el arte hay que entender su relación con la vida, como punto de referencia y representación en todos los fenómenos artísticos, tanto en la faceta física, mental o imaginativa del pensamiento.
La obra de arte es grande en un sentido tanto figurado (entendiéndose grande como genial) como literal (grande como totalidad, como extensión ficticia que sin embargo apela a lo real). Esa realidad a la que apela la obra de arte sólo la conocemos como fragmentaria, en una visión parcial limitada por el espacio, el tiempo y la libertad de elegir. Si no estuviéramos limitados por todas partes, no seríamos libres.
Pero en la obra de arte esta limitación se ve más o menos genialmente solventada, mediante el carácter omnipresente del arte. Omnipresente de muchas maneras, dependiendo de qué arte sea y de qué técnicas y contenidos estilísticos profese.
En cualquier caso, y enfocándolo de una manera más práctico-material o si se prefiere más imaginativa/espiritual-conceptos que no se adaptan plenamente a lo que quiero expresar, ya que no se trata de una cuestión de separación cuerpo/alma sino más bien de unas diferencias claras consecuentes con los diferentes estilos, consistentes en gran medida en sus técnicas/formas que han de abarcar enormemente la captación espiritual de la obra-en cualquier caso, la omnipresencia del arte consiste en su capacidad para llenar esos huecos en las personas, que ni siquiera ellas mismas sabían que existían. Esos huecos o vacíos en realidad se deben a una falta de espacio, de margen de movilidad y posibilidad, no como un cautiverio, sino como el precio necesario a pagar por tener el lujo de ser uno sólo que se conoce a sí mismo.
El arte viene a salvar estas faltas de espacio otorgando a esos huecos vacíos unos contenidos y unos estímulos favorables a la apertura de nuevos mundos y sentimiento de totalidad en las personas. Ese intento de ser un todo para no sentirse sólo y distanciado: la identidad acaba por ser un tormento, como decía Sartre -el infierno son los demás- en el momento en que captas que los demás también son identidades.








Influenciada por: Volverás a Región, de Juan Benet (una delicia).

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