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viernes, 7 de enero de 2011

La escalera.






.10/03/10







El fino brazo helado
prolonga la escalera
cilíndrica y grisácea,
y le confiere un aspecto
algo más humano.

La mano va creando,
y caracoleando asciende
cada piso nuevo existe
porque su mano lo ha querido.

El aire es denso y el sudor
chirría en el acero
hace lenta la subida
hace palpitar la tarde, húmeda y pesada.

El vello en la nuca
no ha dejado de erizarse
la piel sobre la piel
no ha dejado de temblar.

El piso antiguo y empolvado
se alza en la última planta
la última luz que recordamos
es todo cuanto yo recuerdo.

Los labios no se atreven
a pronunciar lo que ya conocen
el tic-tac siempre marcaba
la vida en la última planta.

Sudor en verano y en invierno,
tiempo que abrasa el tiempo,
los relojes han recuperado
su antigua e inexistente importancia.

Lo que han pisado ya no se siente
porque las suelas se han hecho más fuertes,
y no sé si aún se aprecia
cada instante congelado de los minutos trascendentes.

Cerrar los ojos y apretar las manos
en torno a algo que no se conoce
pero que hace irreal todo lo ajeno a ello:
rozar la pared rugosa con las yemas de los dedos.

Todo es anterior a las pestañas
que cubren todo lo verde y sombrean lo sonrojado.

Todo es anterior a la caligrafía
de unas piernas que subían la escalera.

Otras cosas anteriores
no valen nada.

Todo lo anterior a la adoración de un cuello y
a soplar donde se siente.

Todo precede a una media sonrisa,
al sudor en tirantes,
a mirar,
recorriendo la curva de la escalera,
la última planta,
contigo.

Nada se parece al brazo en la escalera,
y a la mano prolongando
los minutos que nos quedan.

Todo es anterior al suspiro contenido,
a las tardes de verano,
haciendo la escalera,
contigo.


No hay palabras en la boca a la hora de entender.

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