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lunes, 13 de septiembre de 2010

Ella en construcción.

Ella estaba esperando tumbada, inerte, medio consciente de sí misma, ya que la mayor parte de su ser no se encontraba allí.
Esperaba tumbada en la cama que la vio crecer, hacerse una mujer, arder, de fiebre y otros males, llorar, casi siempre que la echaba de menos.
Mirando al techo, escuchando un disco de quién sabe qué, Marea quizás. ¿Qué más daba eso? Todos cantan al desamor, al deseo loco e incontrolable, todos cantan; menos ella.
Todas las canciones del mundo que se han escrito acerca del amor le recordaban un poquito a ella, pero no englobaban ni mucho menos lo que sentía. Para empezar, se sentía torpe y estúpida por no saber expresar lo que tenía dentro.
Un poco primitiva y esencialmente sensible, nada fría, nada frívola, y nada razonable.
Porque el pecho le estallaba al recordar su olor, sus manos, su pelo y su boca, su risa y sus nervios, su olor otra vez...
Y toda esa energía que parecía que iba a matarla por dentro, no salía.
No salía porque los golpes, los gritos y las maldiciones no bastan. Lo único que bastaba era un puto beso de su boca de fresa, coco, mango, y otros mil sabores más. A veces tabaco y a veces el sabor aceitoso del hachís que fumaba. A veces no sabía a nada y a la vez sabía a todo, sabía a frescor, si es que ese gusto existe.
Y se le llenaba la boca de ese frescor exquisito e insípido, mientras adoraba la lengua de ella, que se deslizaba por sus labios provocando una sonrisa en la boca, que jugaba también con su lengua haciéndole estremecer. Y, de repente, las yemas de sus dedos acariciaban su espalda, su cuello, o sus piernas, y aquello, OH SI, aquello ya era más de lo que podía soportar.
Y así era siempre, así de mágico, una sensación adictiva de la que no te puedes deshacer, que te envuelve, que te bloquea, te hace olvidarte del mundo y de los problemas, porque entonces el único problema es no perder nunca esa sensación ni esa persona.
Todo eso pasaba por la cabeza de M. mientras estaba tumbada en la cama.
Aparentando descansar, pero sin poder hacerlo, porque su mente bullía de recuerdos y su cuerpo parecía pesar cada vez más, parecía atravesar el colchón para seguir cayendo, y llegar, en lo que dura un pestañeo, al centro del universo, donde, cómo no, también estaba ella.
El disco del hombre de la voz rota (este hombre desayuna erizos) se ha acabado y por eso y por mil razones más ya no merece la pena seguir tumbada allí.
Ahora toca comer con la familia, estar sentada, sonreír y parlotear. Sentada, el ánimo sigue tumbado.
Después toca salir con los amigos, estar de pie, reír con estridencia, parlotear aún más. De pie, el alma sigue tumbada.
Y algunas veces toca lo más difícil, y siempre que puede lo evita. Toca verla. Casi siempre que se la encuentra, M. está de pie, y eso es mala suerte, porque le suelen flaquear las piernas. Ella está de pie, pero su amor está tumbado.
Con otra.

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